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Hemos establecido seis apartados, para clasificar la materia de que consta este blog. El primero, para abordar los aspectos históricos: el origen de los danzantes y su evolución a lo largo de sus siglos de existencia. El segundo y tercero, para detallar la composición del grupo y la indumentaria de sus integrantes en la época actual y en tiempos más remotos. El cuarto apartado lo dedicamos a analizar las danzas (de arcos, castañuelas y paloteas), así como los alardes de la muestra. El quinto se dedica a los dichos y su significado en el repertorio de la muestra. Y en el sexto abordamos los ámbitos de actuación de los danzantes, tanto en sus intervenciones ordinarias en las fiestas de Abril, como en otras de carácter más extraordinario. Incluimos también un anexo documental, donde plasmar diferentes documentos históricos relacionados con los danzantes, así como los listados de cuantos han servido de danzantes, maestros y músicos en las últimas décadas.

LOS DANZANTES EN LA HISTORIA DE MÉNTRIDA













Los pueblos con personalidad propia tienen a gala contar con un recorrido histórico que les ha ido proporcionando, a lo largo de los siglos, sus genuinas señas de identidad, unos rasgos distintivos y unas especificidades que les hacen únicos y les aportan un marchamo muy particular.
Para Méntrida, sus danzantes y todo lo que en torno a ellos gira, constituye una de sus peculiaridades más emblemáticas, alcanzando incluso la categoría de rasgo distintivo singular de su perfil identificativo.
Hay razones poderosas que justifican dotar a los danzantes de la categoría de rasgo identificativo. La primera y principal, el hecho de constituir un legado cultural con una tradición histórica estrechamente ligada a una de las vivencias compartidas entre generaciones de mayor arraigo en Méntrida: la devoción secular a la Virgen aparecida en Berciana en 1270, en fecha muy próxima a los albores mismos de la refundación del pueblo. Este es el motivo por el cual se conoce a los danzantes de Méntrida popularmente como los danzantes de la Virgen. Además, hay otras razones, que iremos analizando seguidamente.

Los orígenes
Pese a lo anteriormente expuesto, el origen histórico de los danzantes de Méntrida no surge en paralelo a la celebración del culto a su Patrona; al menos a la luz de la documentación histórica conocida hasta el momento. Con los datos de que disponemos, podemos decir con rotundidad que la presencia de la danza coral ritual en Méntrida se documenta en origen asociada a la celebración de la fiesta en honor del Patrón de la villa, San Sebastián.
Por ahora, existe una importante laguna documental respecto del origen de la devoción de los mentridanos a San Sebastián. Aun así, no es descabellado conjeturar que la devoción a San Sebastián en Méntrida tenga su explicación en la adopción de su patronazgo ante la adversidad del azote de la Peste Negra, en los años centrales del siglo XIV.
Es sabido que a comienzos del verano de 1349, aquella terrible epidemia se dejó sentir con enorme virulencia en Toledo y en su actual territorio provincial; su devastadora presencia hizo estragos en la población, que se vio drásticamente diezmada. Méntrida no quedó al margen de esta cruel epidemia. Es muy probable que los mentridanos de la época se acogieran entonces a la protección del mártir San Sebastián, votando agasajar su memoria mediante una fiesta en su honor y levantar una ermita en la que rendirle culto. Aquella ermita se transformó un siglo después en el actual templo parroquial, lo que propició la erección de San Sebastián como patrono del pueblo. Y, como tal, su fiesta votiva cobró el carácter de fiesta patronal.Según consta en la documentación parroquial, la celebración del Santo Patrón, cada 20 de enero, tenía un realce muy especial, que se vio reforzado a partir de la constitución de una cofradía en su honor. Así, a la contribución del ayuntamiento –impulsor de la fiesta votiva– se sumó la de la cofradía de San Sebastián, cuya principal aportación fue precisamente promover una danza en homenaje al santo, que realzó de modo especial el ceremonial de su procesión. Aquella danza en honor de San Sebastián derivó, en el siglo XVI, en la que se institucionalizó en homenaje a la Patrona, la Virgen de la Natividad.


A partir de la fusión de las cofradías de San Sebastián y de la Natividad, a comienzos del siglo XVII, la fiesta de San Sebastián fue languideciendo. Los danzantes, con el tiempo, dejaron de actuar en su procesión, a la par que fueron desapareciendo del programa festivo los tradicionales regocijos populares. En definitiva, la festividad del Santo Patrón fue paulatinamente decayendo, sin llegar a desaparecer del todo.
Así pues, podemos afirmar que el precedente inmediato de los danzantes de la Virgen fueron los danzantes de San Sebastián. La circunstancia de no contar con el primer libro de esta cofradía, al que se alude en la documentación con el apelativo de libro viejo, nos priva de saber la fecha precisa en que se incorporó la danza en la festividad de San Sebastián; no obstante, consideramos muy probable que se implantase desde los inicios mismos de la andadura de la cofradía.
Es inusual y chocante que esta hermandad no conservara sus ordenanzas; caso contrario, es verosímil que su articulado nos hubiera proporcionado alguna información al respecto. Así se verifica en las ordenanzas que surgieron de la unificación de la cofradía de la Virgen de la Natividad con la de San Sebastián, en 1607. En efecto, en uno de sus postreros capítulos, se hace referencia explícita a la incorporación de la danza en las dos celebraciones de la cofradía unificada. El tenor del mentado capítulo es el siguiente:

Ordenamos que si al cabildo de esta cofradía pareciere algún año tener posibilidad y alcance conveniente, pueda ordenar que se haga en el día del nacimiento de Nuestra Señora, o en el día del señor San Sebastián, o un año en la una fiesta y otro año en la otra, alguna representación santa y honesta, en que se sirva Dios y el pueblo se edifique, recree y alegre, como es razón, y alguna buena danza, con gasto moderado; para lo cual será justo el concejo y pueblo y todos ayuden, como a cosa debida a la Madre de Dios y Señora Nuestra y al glorioso Patrón y abogado de todos. Por caer el día del Patrón en el tiempo tan encogido del invierno, en que son tan breves los días para semejantes fiestas, se podría ordenar que cuando la fiesta se hiciere sea en el día del nacimiento de Nuestra Señora susodicho.

Estamos, pues, ante la noticia fehaciente que confirma que los llamados danzantes de la Virgen fueron en origen los danzantes de San Sebastián, quedando por el momento restringida su participación a las fiestas patronales de septiembre, no a las de abril.
Del texto reseñado se infiere que las danzas debían intercalarse en ambas celebraciones, la del día del Patrón y la del de la Patrona, en función de las posibilidades económicas de cada año, matizando que, dadas las circunstancias climáticas, sería lo más oportuno reservarlas para la festividad de la Natividad de la Virgen.

Los danzantes en el discurrir de los siglos

El rastro documental de los siglos XVII y XVIII evidencia que hubo reiteradas desavenencias en el cabildo de la cofradía unificada, debido a la ambigüedad con que se plasma este asunto en las ordenanzas. En ocasiones, al aludido factor climatológico se suma, por parte de los partidarios de primar a la Patrona, el argumento de que la mayor parte de los ingresos patrimoniales de la hermandad provenían de la antigua cofradía de la Caridad. En todo caso, lo que se constata es que, con el paso del tiempo, coincidiendo con el languidecimiento de la fiesta del santo Patrón, la actuación de los danzantes se fue restringiendo a la fiesta septembrina de la Virgen. Y de este modo, la danza quedó, poco a poco, asociada a la particular celebración de la Patrona en la conmemoración de su Natividad, a lo que contribuyó de manera eficaz el hecho de que los gastos que generaba se sufragaran en gran parte con cargo a la fábrica de la Ermita.
En definitiva, de la documentación se desprende que a lo largo de los siglos XVI y XVII las danzas en honor a los santos patronos de la villa no tienen carácter estable; antes bien, cabe conjeturar que hubo algunos años que no se llevaron a cabo en ninguna de las fiestas. No obstante, lo digno de reseñar es, sin duda, el apego del vecindario mentridano a este tipo de celebraciones, que, contra viento y marea, han perdurado hasta nuestros días.
Han debido sortear para ello muchas dificultades económicas; nos consta que en varios años los vecinos hicieron frente a los gastos que ocasionaba la danza mediante derramas populares o por voto de algún particular. Igualmente han pasado por alto reiteradas trabas provenientes del ordinario diocesano, cuya huella documental hemos rastreado en las visitas eclesiásticas, superando asimismo las disposiciones prohibitivas tanto de sínodos como de cédulas reales, como la promulgada por Carlos III el 20 de febrero de 1777, en la que taxativamente se ordenaba:

No toleren bailes en las iglesias, sus atrios y cimenterios, ni delante de las imágenes de los santos, sacándolas a este fin a otros sitios con el pretexto de celebrar su festividad, darles culto, ofrenda, limosna, ni otro alguno; guardándose en los templos la reverencia, en los atrios y cimenterios el respeto, y delante de las imágenes la veneración que es debida conforme a los principios de la religión, a la santa disciplina, y a lo que para su observancia disponen las leyes del reino.

Téngase en cuenta que la afección de los mentridanos por las danzas, asociadas a sus manifestaciones religiosas, hizo que algunos años del siglo XVII llegaran a anotarse hasta tres actuaciones de danzantes en su calendario festivo: las ya aludidas fiestas patronales (San Sebastián, en enero, y Virgen de la Natividad, en septiembre), más la promovida por la cofradía de los Mancebos en la celebración del día de su patrón, San Juan, el 24 de junio.
Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la presencia de danzantes en estas tres fechas indicadas fue poco a poco extinguiéndose. Su decadencia discurrió en paralelo a la pujanza cada vez mayor de la danza que, desde mediados del siglo XVII, quedó definitivamente ligada a las fiestas del voto popular de la Romería de Berciana, en conmemoración de la aparición de la Virgen de la Natividad al anciano cabrero Pablo Tardío, que es la que en la actualidad perdura.




Valor y significado
Como ha quedado expuesto, la danza ritual instituida en Méntrida para lucimiento y adorno de las celebraciones en honor de su Patrona, la Virgen de la Natividad, hunde sus raíces en una tradición ancestral. Esto le confiere un valor cultural de primer orden y le otorga rango más que suficiente para ser considerada, en terminología al uso, bien de interés cultural, en tanto que pieza singular del patrimonio popular castellano.
Desde esta perspectiva han de contemplarse cuantos aspectos etnográficos confluyen en los ceremoniales que le son propios, como también el atuendo e indumentaria de los componentes del grupo de danzantes, sus melodías y coreografías; en definitiva, sus usos y costumbres heredados de tiempo inmemorial. En este sentido, con sus singularidades que iremos detallando en adelante, los danzantes de Méntrida son una pieza más del rico conjunto de agrupaciones que en nuestros días realizan danzas rituales corales. Y, por concretar más, los de Méntrida se encuadran en la categoría de los denominados por algunos folcloristas danzantes de enagüillas, no sólo en atención a estas prendas que incluyen en su vestuario, sino también teniendo en cuenta la instrumentación y coreografía de sus danzas, e incluso por la utilización de las paloteas, que son de uso común en estos grupos de danzantes.
Son numerosos los grupos de danzantes de esta tipología que hoy en día pueden contemplarse en diferentes zonas de nuestra geografía nacional; serían muchísimos más, de no haber ido cayendo en el olvido los usos tradicionales generalizados en numerosas comarcas. Desde este punto de vista, nuestros danzantes atesoran el mérito de haber sabido preservar un legado patrimonial de gran valor que, como sus semejantes dispersos en distintas regiones, merecen las atenciones precisas para preservar su continuidad, en el respeto más escrupuloso a sus peculiaridades e integridad.
Desde un plano más profundo, los danzantes de Méntrida representan una muestra ancestral y genuina de religiosidad popular. Sólo desde esta dimensión ritual adquieren su significado más hondo, en tanto que manifestación colectiva y popular de la intensa devoción que los mentridanos profesan a su Patrona. Porque no son sólo los integrantes del grupo quienes realzan con sus ceremoniales el fervor que sienten hacia la Virgen de la Natividad; lo son también sus familias, que con primor ponen de su parte cuanto sea necesario para que todo luzca con el mayor esplendor; y también lo son cuantos están pendientes de sus actuaciones y vibran al unísono con sus danzas ante la Patrona, estremecidos como otrora se estremecieron sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. En contraste con lo expresado en la antes citada real cédula de Carlos III, los danzantes actúan ante la Virgen para celebrar su festividad y darle culto, guardando la debida reverencia en los templos y mostrando la veneración que es debida delante de su imagen. También desmintiendo al visitador eclesiástico que prohibió las danzas en Méntrida en 1820, los danzantes no cometen ningún tipo de irreverencias que desdicen del respeto y veneración debido al templo y a su santa Imagen; antes al contrario, con sus atávicas danzas contribuyen al lucimiento y adorno de las celebraciones en honor de la Patrona en que intervienen, en expresión de fray Luis de Solís.
Desde una mirada limpia de prejuicios, el papel de los danzantes en las fiestas de la Patrona en que participan, como últimamente en las celebraciones del Corpus Cristi, subraya la adhesión popular a las creencias religiosas heredadas y contribuye a enraizarlas en las generaciones futuras. Sólo desde esta perspectiva se puede comprender el ahínco con que se han mantenido hasta nuestros días, superado no pocas dificultades.


Es del todo indudable que el pueblo mentridano no concibe unas fiestas abrileñas en honor a su Patrona sin la presencia enriquecedora de sus danzantes. La nota de tipismo y vistosidad que imprimen va indisolublemente ligada al sentimiento sencillo y cariñoso que las buenas gentes de Méntrida profesan a su Virgen de la Natividad.

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